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Y me corté el cabello

Ene 29, 2019 | Blog | 20 Comentarios

Hace poco más de un año empezó la tercera revolución en mi vida.

Una vez más me mudaba de país, con un niño recién nacido en los brazos, una niña de 5 de la mano y dejando un trabajo que adoraba. Llena de dudas y con muy poca dirección, me metí de lleno a la vida doméstica. Me convertí en una ama de casa pues. Aunque ahora prefiero usar la palabra italiana: casalinga (así por lo menos puedo reír para mis adentros cuando la digo porque me recuerda a cunnilingus). 

La gente en México me decía: qué envidia, qué chingon, vete tú que puedes. Y yo les agradecía los ánimos, pero sabía que no sería fácil. Era la tercera vez. Y, cada vez, dejar México se me hacía más difícil. Desarraigar a mi hija, quedarme sin apoyos familiares o emocionales. Por supuesto, nos íbamos porque era lo más conveniente para la familia, pero no estaba tan convencida de que lo sería para mí. 

Y así transcurrió uno de los años más difíciles de mi vida. Aprendiendo un idioma de cero. Sin amigos. Sin familia. Con un bebé que lloraba bastante más de lo que recordaba y sin ayuda doméstica. No es por nada, pero en México tenemos un tesoro en esas mujeres que dedican todo su día a tener nuestras casas perfectas y creo que no siempre lo valoramos o les retribuimos lo suficiente (just saying, no me maten). 

El camino fue duro, había días que me parecía todo más frío, más oscuro, exageradamente italiano. Pero un año después, con las agallas en su sitio y los remilgos en el cajón, miré a mi alrededor y vi un montón de gente nueva que se habían vuelto ya buenos amigos. Me vi hablando con fluidez en italiano, sonriendo en la calle sin razón aparente, jugando con mis hijos con una sonrisa sincera (no esa falsa de al principio que hacía dudar a mi hija sobre mis verdaderas intenciones). Incluso me estaban llegado trabajos freelance y propuestas de proyectos interesantes. 

Y aún así, seguía sintiendo la sombra de los meses malos acechándome algunos días. Miré la larga cabellera que había cultivado durante casi dos años, los del embarazo (que en mi caso fue bastante penoso) y  los de Italia, y me di cuenta de que ese cabello había estado conmigo todo ese tiempo; mi cabellera en sí misma era cosa vieja. Había estado ahí cuando renuncié al trabajo que aún echo de menos y había viajado conmigo en el avión mientras lloraba por dejar a mis seres queridos. Un pelo que siguió estando ahí mientras me lamentaba por lo que había perdido.

Así que decidí cortar con el pasado y reinventarme un poquito para dejar atrás una versión de mí que me tenía ya harta. 

Porque solo se vive una vez y si esa única vida incluye vivir lejos de tus seres queridos, por el momento, bienvenido tiene que ser.

Para recordarme que tengo que mirar hacia adelante me pareció buena idea hacer como dicta la Trevi, me corté el cabello, me vestí -no de reina- pero con los pantalones bien puestos, y me estoy concentrando en lo bueno. Y una de las cosas buenas que tiene mi vida en Italia es que tengo la libertad de hacer las cosas que siempre he querido hacer, pero que usaba el viejo pretexto del “no tengo tiempo” para no hacerlas. El blog es una de ellas.

No sé ustedes pero supongo que a todos nos ha pasado que a veces las circunstancias, el miedo o una depresión post parto no te dejan ver que tienes algo maravilloso entre manos.

*Foto de cabecera: Nick Demou

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