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Háblale a las plantas

Mar 8, 2019 | Cuentos | 4 Comentarios

Me acuerdo del día que la conocí como si fuera ayer. Entró empujando una sillita de paseo y con una amplia sonrisa me señaló al encargado del vivero. El vendedor le aconsejó comprar una planta más grande porque yo era aún muy pequeño, pero mis cuatro hojas le debieron de parecer simpáticas porque insistió en llevarme, diciendo que con sus cuidados sería más alto y más hermoso que cualquier otro.

Mientras me llevaba al que sería mi nuevo hogar, disfruté divertido del bamboleo de sus pasos mientras sentía a través de la bolsa los cálidos rayos del sol. Era un día precioso, sin viento ni lluvia, y aproveché para asomarme tímidamente y observarla. Iba canturreando y sonriéndole a la pequeña niña que la miraba sentada en su carreola. Después supe que era la menor de sus dos hijas.

Cuando llegamos a casa, me puso con mucho cuidado en una pequeña maceta blanca y me colocó encima de una gran cómoda de madera que presidía el salón, junto a la ventana, para que yo pudiera aprovechar los ratos de sol.

El apartamento era espacioso y limpio. Ella se esmeraba todos los días en tenerlo a punto para después disfrutar de largas sesiones de juego con sus hijas, cenas en familia y reuniones con amigos. Todas las mañanas, después de llevar a las niñas al colegio, corría a ducharse y empezaba con un sinfín de tareas. Entraba y salía de casa sin parar, trayendo y llevando cosas. Pero cada día, sin falta, se detenía para pasar un momento a solas conmigo. Se acercaba, me acicalaba, me rociaba con agua si era necesario y me contaba cosas. Hablaba de una manera diferente a las demás personas y eso me gustaba.

Así supe que era nueva en la ciudad, que había dejado una familia allá, muy, muy lejos, en un lugar al que yo jamás iría pero que iba conociendo a través de su conversación. Yo le guardaba sus secretos, amaba su risa y me esforzaba por ser cada día más alto, más verde, más frondoso. Para mí, verla acercarse orgullosa y decirme “cada día estás más grande, ¿eh?” era igual de bonito que cuando sentía el sol pegando duro sobre todas mis hojas.

El marido era muy bueno con ella y con las niñas. ¡Ay!, ¡las niñas! Eran simpáticas y alegres, pero un poco bruscas. A la pequeña le costó mucho trabajo, y uno que otro regaño, entender que no debía masticar mis tallos. Aunque poco a poco se fueron calmando, sobre todo cuando su madre empezó a cambiar.

Al principio nadie lo notó. Nadie, menos yo. Un día pasó de largo y no me dijo nada. Se sentó como siempre en el sofá con su celular en la mano, pero en lugar de sonreírle a la pantalla, tenía el gesto serio. Luego volvió a la normalidad, aunque sus conversaciones no eran tan animadas como antes. A veces comenzaba una frase y de repente se callaba y se quedaba mirando a un punto fijo. Otros días regresaba la sonrisa a su cara y me contaba de nuevos sus planes, pero yo percibía un algo forzado, una no ilusión, como si me contara esas ideas solo para ver si diciéndolas en voz alta se hacían realidad. Después, un mensaje la distraía y ya no terminaba conmigo. Me daba cuenta de que poco a poco, día a día, se apartaba más de mí y de todos.

Una tarde, la hija mayor se me acercó para regarme porque llevaba algunos días sin recibir nada de agua. Miró a su madre, que estaba en el sofá absorta en sus pensamientos, sosteniendo con poco interés un libro en las manos.

—Mi mamá está triste —me dijo.

La madre pareció percibir la voz de su hija porque hizo un gesto con la cabeza, como sacudiéndose una idea, y se levantó de golpe. Sonrió a las niñas, me acarició una hojita y se puso a jugar con ellas toda la tarde, como si nada hubiera pasado.

Desde ese día, por las tardes, la veía esforzarse por estar animada, alegre, presente.

A veces le salía, a veces no. Pero su arrastrar de pies, su deambular por la casa cuando los demás no estaban, su pelo enmarañado y el lamentable estado en el que yo me encontraba no dejaban lugar a dudas. Hacía mucho tiempo que no hablaba conmigo, que no se me acercaba ni me sonreía. Y yo, inmóvil como soy, no conseguía hacer nada al respecto. Solo la observaba, mudo, decaído. Pensando que si derramara sobre mí todas esas lágrimas que constantemente resbalaban por su cara, tal vez ninguno de los dos nos estaríamos muriendo.

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