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Estás ¿loca?

Ene 27, 2020 | Blog | 3 Comentarios

Últimamente paso mucho tiempo con Silvia, mi hija mayor. Una niña de siete años que no encuentro mejor forma de describir que como un unicornio rampante.

Las conversaciones que tenemos suelen ser de muchos tipos, pero siempre espoleadas por su curiosidad sin límites.

Algunas veces me pregunta sobre el significado de conceptos un poco complejos y me enredo en largas disertaciones que acaban siendo un campo minado, donde paso de puntillas por otros conceptos igual de complicados, palabras o hechos en los que prefiero no entrar en detalles por el momento.

Es un esfuerzo mental agotador. Porque sé que cada cosa que diga vendrá seguido de un ¿por qué? O, peor aún, por un ¿y eso qué es?

Otras veces las conversaciones las lleva ella. Me cuenta una larga, larga, no se imaginan ustedes cuánto de larga, anécdota sobre la dinámica en la escuela o sobre una de sus amiguitas. Incluso a veces se da el lujo de empezar con frases como “¿Te acuerdas del día en que me dijiste que ser diferente no era malo?”

Y ya ahí empiezo a sudar. ¿Qué me va a decir? ¿Me va a salir el tiro por la culata? ¿Cómo va a acabar esta historia? Y aún más importante ¿cuándo va a acabar esta historia? Y cuando por fin termina de contarla, invariablemente, sin falta, me pregunta “¿tú qué piensas, mamá?” O sea que no solo tengo que cumplir mi labor de abnegada madre que escucha a sus hijos sin interrumpirlos ni juzgarlos, sino que además tengo que dar mi opinión. Vaya, vaya.

Así las cosas, hace un par de días me estaba contando de un tutorial que vio en YouTube y de todas las ideas que le habían surgido a partir de eso y de lo mucho que le iba a gustar a sus amiguitas y de una broma que le iba a hacer a una de ellas. En ese momento soltó una de sus largas risotadas y me preguntó que qué me parecía la idea.
Un poco por inercia, un poco porque me dio ternura lo feliz que estaba, le contesté: “Ay mi amor, estás muy loca”.
En ese momento le cambió la cara, se puso seria y me miró con esos ojos que pone cuando el mundo exterior le parece un gran enigma.
“¿Por qué me dices eso? En la escuela también me dijeron eso un día, pero yo no estoy loca. ¿Por qué piensan que estoy loca?”

“Ay mi amor, es una forma de hablar, a mí también me decían mucho que estaba loquita”, le contesté.

Pero mientras le estaba diciendo eso me di cuenta de que, en efecto, durante mi infancia y mi adolescencia me habían dicho mucho eso de “estás loca” cada vez que hacía aspavientos de felicidad o de euforia o tenía una conducta despreocupada, jolgórica. (Ya después, de mayor, tuve otros comportamientos que me hicieron realmente merecedora de ese calificativo, pero eso es otra historia).

“Creo que me he equivocado, mi amor.” le dije “Lo que quise decir es que eres una niña muy alegre. La gente suele decir eso de <<estás loquita>> pero tienes razón, no es correcto”.

“Y ¿por qué dicen eso? “… obviamente iba a preguntarlo… no sé cómo no lo vi venir.

Pues. Pues. Pues… Me dio rabia no saber contestarle con precisión y la cabeza se me puso a mil con preguntas existenciales. ¿Por qué decimos eso? ¿Por qué las personas felices son calificadas de locas? ¿Es la alegría una enfermedad mental? ¿Un estado perturbado de conciencia? ¿De verdad eso nos han hecho creer? 

¿Somos tan grises que una persona que se ríe a carcajadas, que brinca de la felicidad, que baila cuando está contenta o canta cuando se siente bien parece loca?

Me acordé que una vez Silvia me contó que una niña más grande se había burlado de ella por estar canturreando mientras dibujaba. Porque la niña esperaba que estuviera seria, tal vez que le tuviera miedo por ser mayor, que tuviera vergüenza o intentara agradarle. No le gustó que estuviera tan contenta consigo misma que no necesitara nada más que su dibujo y su música interior. ¿Será que estamos programados para atacar de forma inconsciente a la gente que está feliz? A catalogar como locura las voces más altas, más agudas, los colores más llamativos, las gesticulaciones enérgicas, las líneas sin forma.

¿Cómo es posible que haya caído en la trampa de llamar locura a la alegría de una forma tan evidente?

“No te preocupes, mamá, todos nos equivocamos” me dijo enseñándome una sonrisa llena de dientes, de esas que te reconcilian con el mundo entero.

Espero nunca olvidarme de la doble lección que me dio ese día: que no hay que juzgar la felicidad y que una persona feliz es mucho más generosa que una que no lo es.

*Foto de cabecera: Sebastian Voortman

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