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El virus de las ausencias

Jul 13, 2020 | Blog

Cinco meses después, nuestra vida sigue condicionada, en mayor o menor grado, por un virus que nos agarró a todos por sorpresa.

Estábamos ocupados con la ilusión de una vida complicada, vertiginosa y un buen día nos encerraron para darnos cuenta de lo pequeña que era nuestra existencia y que, quitados los adornos con los que la aderezábamos, los problemas eran casi los mismos para todos, solo que algunos conseguíamos solventarnos con mayor éxito y un poco menos de esfuerzo.

Durante el encierro nos pasó de todo. Perdimos cosas y ganamos otras. Se rompieron lazos, se crearon otros, hasta que llegó el momento en que pudimos salir. Por lo menos aquí en Italia.

Y una vez en la calle, sin ninguna garantía de haber sorteado el obstáculo, nos topamos cara a cara con las ausencias. Algunas preexistentes y otras nuevas. Huecos que, en cualquiera de los casos, hoy son más evidentes que nunca.

Porque para mí, que todos los días convivo con México y España aunque sea por mensaje, la pandemia tiene muchas caras. Y me aleja de las personas que quiero.

La ausencia de mis afectos está siendo una de las más difíciles de sobrellevar. Quiero abrazar a mi familia pero no puedo. Quiero que mis hijos disfruten de sus abuelos pero no es posible. México está en el ojo del huracán y la mitad de la gente tal vez ni siquiera se da cuenta. O se da cuenta, pero sus ausencias son más apremiantes y los obligan a mirar hacia otro lado. A fingir que no pasa nada.

Y mientras, aquí, me topo cara a cara con otra gran ausencia. La del aprendizaje. Cuando explotó la crisis, metidos debajo de las sábanas, asustados y confundidos, nos preguntábamos: ¿cómo será el mundo después de esto? ¿qué habremos aprendido?

Y la respuesta parece ser: nada. No hemos aprendido nada.

El virus no nos cambió, no nos hizo mejores ni peores. Se dice que el ser humano no tiene memoria histórica pero esta pandemia —que no se ha ido a ninguna parte y que muchos lugares del mundo siguen siendo víctimas de la primera ola—, ha demostrado que no somos capaces de retener nada que no sea lo inmediato. El ejercicio descontrolado de la libertad después de un periodo de fuerte prohibición, sin reflexión alguna, lo demuestra.

Y ya no sé si es que estamos viviendo en un desenfrenado hoy como mecanismo de defensa porque no hay nada seguro para mañana. Porque también sufrimos una ausencia de certezas. ¿Perderé el trabajo? ¿Habrá escuelas en septiembre? ¿Podré visitar mi país? ¿Volveremos a confinarnos? ¿Cerrarán más comercios? ¿Me contagiaré eventualmente? ¿Habrá secuelas por el virus? No sabemos cuándo, si es que algún día, volveremos a la despreocupación real.

Y es que la famosa nueva normalidad no me sirve de mucho si en realidad todos estamos a la expectativa. Si veo que mi país se está hundiendo en una crisis sanitaria y que el Covid está empezando a tocar a mi gente con a saber Dios qué consecuencias.

Porque finjo no estar muy preocupada y me lanzo a intentar vivir una vida normal para después comerme la cabeza durante horas, reprochándome al mismo tiempo mi falta de precaución y mi incapacidad para relajarme. Con un pie en el miedo y el otro en la inconsciencia.

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