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El merecido descanso del mom duty

Ago 13, 2019 | Blog | 1 Comentario

Hoy no es un día normal.

Por azares del destino, me encuentro en Liberec, una pequeña ciudad en la República Checa que tiene, en mi opinión, muchísimo encanto. Y estoy sola.

Los niños se quedaron con los abuelos y mi esposo está trabajando porque le pidieron que viajara por un tema urgente y, como es la semana de nuestro aniversario de bodas, decidí venir con él.

Es la primera vez que lo acompaño a un viaje de trabajo. Normalmente no puedo porque no tenemos quién nos ayude con los niños, pero esta vez coincidió con que podíamos dejarlos con mis suegros, así que después de pensarlo un poco (muy poco), me sumé al viaje.

Y debo confesar que estoy fascinada. Tengo muchísimo tiempo libre por primera vez en muchos meses. Estoy que no sé si pintarme las uñas, ver una serie en Netflix de esas que nadie quiere ver conmigo, darme un baño de burbujas, seguir recorriendo la ciudad, leer un libro o simplemente echarme en la cama a observar el techo. Tantas opciones y cada una con su propio encanto. Esta es una sobredosis de libertad y ¡me encanta!

No es que no extrañe a mis hijos o que los ame menos, por supuesto que no. Pero mi depósito de gasolina llevaba un rato funcionando con la reserva. Las vacaciones de verano me arrastraron fuera de mi área de comfort con violencia, así como esas olas de playa del océano Pacífico que te dejan sin aliento, con el pelo alborotado y el bikini en lugares insospechados.

Estaba exhausta de pensar en cómo entretener a los niños para que no se pasaran todo el día viendo la tele, de cuidarlos y protegerlos de los posibles peligros (léase nubes de mosquitos sedientos de sangre, calor infernal, posible ahogamiento en piscina o mar, etc.). Y es que tenerlos todo el día pegados a mí ha sido una experiencia muy enriquecedora, he disfrutado al máximo esas largas conversaciones bizarras con mi hija, me encantaba ver la cara de felicidad que ponía el pequeño cada vez que íbamos a un sitio nuevo, todo muy bonito, muy hermosos, pero acabó siendo demasiado. Y es que todavía soy una madre full-time en prácticas bastante amateur en ese laberinto misterioso del hogar y se me estaban agotando los recursos y las fuerzas.

Además, mi esposo terminó viajando más de lo esperado durante el verano, por lo que después de un largo día de juegos, persecuciones, regaños, risas y algunas dosis de llanto, me tocaba también pasar la rutina de la noche a dos manos (las mías). Y si a eso le sumamos que un día se me ocurrió la mala idea de decirle a mi hija que cuando papá no estuviera podía dormir conmigo… bueno, ya entienden el panorama.

Así que hoy no es un día normal, hoy acepto estas vacaciones y este tiempo para mí muy agradecida. Sé que los niños están bien y felices de pasar tiempo con los abuelos y yo puedo relajarme un poco. Hace unos días leía que no se puede dar si no tienes nada en las manos y por eso es importante que, de vez en cuando, nos demos chance de cargar baterías, sobre todo cuando la vida te sirve la oportunidad en bandeja de plata.

Además, esta ciudad me ha sorprendido gratamente, no está inundada de turistas y es un buen sitio para huir del calor abrasador que está derritiendo a media población europea.

En el próximo post haré un recuento de todo lo que estoy viendo y haciendo por aquí porque creo que vale la pena. Mientras tanto, voy a echarme en la cama un rato y después saldré de cena romántica y a pasear otro poco con mi esposo, tomados de la mano, platicando, sin que nadie nos interrumpa. Porque también andaba escasa de tiempo de calidad en pareja.

Creo que, por ahora, República Checa es mi destino preferido en todo el mundo.

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