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Don Alborotos y La Niña Perdida

Jun 17, 2019 | Cuentos | 0 Comentarios

Cuento basado en cosas que a veces me dice mi hija. Ningún bebé ni unicornio fue lastimado durante la redacción de este relato.

*Dibujo: Silvia

—Hoy será el día –pensó La Niña Perdida.

Llevaba toda la mañana buscando la manera de demostrar su teoría y esta vez estaba segura de haber dado con el plan perfecto.

Don Alborotos, mientras tanto, se entretenía golpeando la mesa de juegos con dos cucharas de metal que había robado de la cocina. El golpeteo era cada vez más fuerte y los gritos de victoria de Don Alborotos empezaban a inquietar a La Niña Perdida. Si La Presencia entraba en la habitación y se daba cuenta de lo que se traía entre manos, se ganaría un buen castigo, porque ella nunca atendía a razones. Se limitaba a reñirla por ser la mayor y la tildaba de traviesa.

—Pero hoy verá que no digo mentiras, ¿verdad, pequeñín? –dijo quitándole cuidadosamente las cucharas, lo cual, por supuesto, no le gustó nada a Don Alborotos, que se puso a chillar como un mono, intentando recuperarlas.

La Niña Perdida sacudió las cucharas frente a los ojos de su hermano para atraerlo hacia la puerta. Una vez ahí, la abrió para dejarlo salir, devolviéndole el rudimentario instrumento musical mientras le decía en voz baja:

—Ve a distraerla, que ya casi termino. Luego, cuando te llame, vuelves corriendo.

Miró divertida cómo Don Alborotos se alejaba a toda velocidad, como si fuera propulsado por un diminuto motor invisible, ondeando en alto eso dos objetos de metal, tan cotidianos, que a él le permitían hacerse notar donde quiera que estuviera, aunque no supiera hablar.

—Pero ¿de dónde has sacado eso? -escuchó decir a La Presencia a lo lejos.

La Niña Perdida cerró de nuevo la puerta y se apresuró a culminar su obra. Ya solo le faltaba quitar los tornillos de la larga mesa de juegos para que quedara sin ningún tipo de sujeción a la base, sostenida únicamente por su propio peso. Hecho esto, acomodó el colchón que había colocado en el piso para que quedara justo debajo de la mesa y arrastró la silla de su escritorio hasta allí.

Fue terminar y escuchar los balbuceos de su hermano, quien regresaba triunfal pues había conseguido robarle dos utensilios de madera a La Presencia.

La Niña Perdida, al ver que su madre no tardaría en aparecer por ahí en cualquier momento, cogió a Don Alborotos, que estaba absorto con su nuevo experimento musical, y lo sentó en un extremo de la mesa. Subió a toda velocidad a la silla justo cuando La Presencia entraba en el cuarto. El rostro de la mujer pasó del enfado al terror en una décima de segundo, al percatarse de que La Niña Perdida estaba a punto de saltar.

—No te preocupes, mami. Es un unicornio pequeño. Tiene poderes mágicos –gritó eufórica mientras se tiraba sobre la mesa.

La Presencia intentó correr para rescatar a Don Alborotos pero el peso de La Niña Perdida ya había hecho de palanca. La mesa sin tornillos cedió ante su peso lanzando por los aires a Don Alborotos, directamente hacia la ventana, que estaba abierta de par en par.

La Presencia gritó aterrorizada, pero la caída no se produjo. Ahí, unos cuantos centímetros por encima de los ojos atónitos de su madre, flotaba el niño agitando las palas de madera, rodeado por una nube de polvo rosa que poco a poco iba perdiendo consistencia. La Presencia estiró los brazos, incrédula, para coger a Don Alborotos y abrazarlo con todas sus fuerzas, llenándolo de besos y de mimos.

La Niña Perdida, que aún se encontraba tirada en el colchón, se reía a carcajada limpia.

—¿Ya ves? Te lo dije.

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