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Crónica de un coronavirus con pasta Barilla (parte 6)

Mar 25, 2020 | Crónicas

Viernes 19 de Marzo

Me despierto cansada. No pude conciliar el sueño hasta las 5am. Pero intento poner buena cara. Cada día soy más receptiva al sonido de las ambulancias. No sé si pasan con más frecuencia, pero ahora no se me escapa ni una sola de las sirenas.

Bajamos al patio con los niños. El pequeño empieza a estar de muy mal humor. Ya se dio cuenta de que no lo dejamos salir a la calle por lo que su nueva estrategia es correr hacia el portón y ponerse a gritar “escuela, escuela” o “tatas”. No entiende por qué su mundo cambió de repente. La grande, que para sus siete años ya parece un viejo sabio, le intenta explicar que es peligroso salir. Pero él no sabe de virus ni de pandemias. Solo sabe que un buen día toda su rutina cambió, que ya no sale, que no ve a sus amigos y que ya no juega en el patio de la escuela después de recoger a su hermana. Me gustaría meterme en su pequeña cabeza para saber cómo está procesando todo esto, ¿creerá que es un castigo? ¿o que por pura maldad no lo dejamos salir? ¿Pensará que ya no existen las personas y los lugares que ha dejado de ver y visitar?

La situación en México sigue estable. Están en Fase 1, dicen, y hay gente que defiende que los datos son correctos. Esperemos que tengan razón. Por si las dudas, me puse de acuerdo con mi hermana para comprar online el super de mi mamá y mandarle lo suficiente para que no salga de su casa en varios días.

Hace algunos días le construimos a los niños una casa de campaña detrás de nuestra cama, entre la cabecera y la pared. Tuvimos que empujar la cama hacia adelante para que cupiera un colchón. Es como si la habitación se hubiera hecho más pequeña y ahora vivieran dos ratones detrás de ella. Unos que roncan bastante. En teoría, la tienda es para que jueguen y en la noche duermen en sus camas, cada uno en su respectivo cuarto, pero a veces la grande nos convence de pasar la noche ahí atrás porque así “se siente segura”. No sé si abrazarla, llorar o darle un Óscar a la mejor manipulación.

Sábado 20 de Marzo

Pasamos un buen día en familia. El encierro es más llevadero cuando mi esposo no está trabajando. Dedicamos unos minutos a organizar las comidas de las próximas cuarenta y ocho horas porque hoy no quiero salir y acaban de anunciar que los supermercados estarán cerrados los domingos a partir de ahora y ya no se permitirá abrir a los mercados y tiendas minoristas de alimentos ningún día. ¿Cuántas veces en el pasado no habremos dicho eso de “ya no hay nada de comer” cuando en realidad todavía se podía exprimir bastante la despensa, aunque en apariencia estuviera vacía? El concepto de escasez es relativo y cuando se tiene el privilegio de no vivir al día la tasa medidora se nos desajusta fácilmente.

Después de comer nos ponemos a limpiar la cocina cuando de repente mi hija, de la nada, grita “Apocalipsis Zombie!”
Eso me hace recordar que mi esposo y yo éramos muy fanáticos de las películas de zombies y siempre, después de ver una, nos quedábamos fantaseando cómo sería si algo así nos pasara. En este caso, creo que seríamos los primeros en morir a causa de los berridos constantes del niño. Por fortuna, este virus no es zombie y dentro de las causas de contagio no se cuenta el gritar como un loco. Al revés, es una buena señal, porque los pulmones de este niño gozan de muy buena salud por el momento.

Domingo 21 de Marzo

Buen día en general. Me estoy haciendo una Jedi master en esto de limpiar. Al terminar la cuarentena podría hacer en plan karate kid eso de limpiar-encerar con los ojos cerrados, parada en un solo pie y cantando el Himno Nacional Mexicano.
Pasamos todo el día hablando con amigos y familiares. Es agotador intentar estar pendiente de todo lo que pasa en los lugares en donde tenemos seres queridos. Además, los grupos de WhatsApp y las redes sociales están llenas de historias de gente que no puede más, que han perdido a alguien, que no han podido decir adiós. De personas desesperadas o de cifras que te tiran el optimismo por el suelo y lo arrastran como perro con rabia.
Se me parte el alma tantas veces al día que ya debe de estar convertida en polvo. Y me doy cuenta de que no tengo paz. No hay lugar en el mundo en el que las personas que quiero no estén preocupadas por este virus de mierda. Es como si acabara de explotar una bomba expansiva y no pudieras hacer nada más que hacerte un ovillo detrás de las piedras, rogando que sean lo suficientemente fuertes para protegerte, esperando que cuando salgamos la gente que amas también haya resistido.

A pesar de estar pendiente de los niños todo el día, esta nueva realidad impuesta me pone a pensar demasiado. Los que me conocen saben que suelo darle demasiadas vueltas a las cosas hasta los grados de la obsesión. Pienso en los objetivos que me había impuesto y el sentido tan relativo que ahora parecen tener. La futilidad de algunos de mis deseos y anhelos más persistentes. Trato de imaginarme cómo se verá el mundo en un año, cuando el peligro haya pasado. 

Antes de la vorágine del COVID-19, estaba escribiendo una historia que ahora se me ha quedado en un limbo. Era una historia futurista en la que me había imaginado cómo sería el mundo en sesenta años y a veces pensaba que tal vez me estaba pasando de radical. Pero muchas de esas cosas ya están sucediendo ahora mismo, por otras razones y de otra manera; ya están aquí y no fue necesario esperar al 2088.

¿Y si ya no me puedo mover de aquí en un tiempo largo? ¿Y si ya no puedo ver ni abrazar a la gente que quiero ver y abrazar? Esta crisis me está cambiando la perspectiva y no sé cómo el mundo podrá volver a ser el mismo después de esto. De hecho, me da miedo que volvamos a ser los mismos. Que pasen tres años, miremos atrás y ahí estemos otra vez, cometiendo los mismos errores, preocupándonos por las mismas cosas, ignorando al prójimo de la misma manera. 

Tengo que obligarme a no pensar, a cortar y seguir adelante. Procurar dar un mensaje positivo a los niños. La grande es muy perceptiva, todo escucha, aunque parezca que no cuando le pides que haga su tarea.

Lunes 23 de Marzo

7 am. Como vivo con una panda de trogloditas, me toca ir al super AGAIN. Me hice una lista muy mona para comprar lo más rápido posible, organizada por pasillos y siguiendo el orden en el que están los productos dentro del supermercado. Incluí los antojos de todos. Es una lista muy larga.
Además, decidí ir muy temprano. A las 8.30 am. Hora a la que abren. Porque así casi no habrá gente.

8.35 am Maldita sea, la fila le da vuelta al centro comercial. Y para colmo sopla un viento gélido marca Dementor. Cuando abren las puertas, un guardia de seguridad empieza a dejar pasar de cinco en cinco personas. Una voz femenina, a través de los altavoces, recuerda a los gentiles clientes que solo se permite una persona por familia. Ya lo sabíamos porque está en el decreto del fin de semana, pero no falta el astuto que piensa que se puede brincar las reglas. De hecho, hay más de tres parejas en nuestra larguísima fila que al escuchar el mensaje se ponen uno delante del otro, fingiendo que no van juntos… No entiendo la alevosía con la que actuamos los seres humanos, hasta en los momentos en los que estamos en peligro.

Durante los 45 minutos que espero antes de que me toque entrar, me fijo también en que la mayoría de la gente lleva tapabocas y guantes, pero muchos de ellos, sin querer, se tocan los ojos o la nariz con las manos. Da igual que tus manos estén metidas dentro de un guante, si con ese mismo guante que has tocado el carro de la compra estás frotándote los ojos. Me empieza a dar comezón en los ojos solo de verlos.
Una vez dentro de la tienda me doy cuenta del malestar que me provoca cuando alguien se me acerca o cuando estoy a punto de pasar por un pasillo muy estrecho donde ya hay una persona comprando. A pesar de que hemos entrado poco a poco, me parece que hay demasiada gente ahí dentro. La mujer del altavoz nos recuerda que por disposición oficial procuremos hacer la compra lo más rápido posible y nos saquemos a la chingada más rápidamente aún.
Mi esposo tiene una junta a las 10.30 am y tengo que correr para pagar, meter todo al coche, sacarlo y luego subirlo hasta casa. Todo sin olvidar no tocarme la cara. Cuando por fin me quito los guantes, los tiro a la basura y me pongo abundante gel antibacterial en las manos.
Me quito la ropa y la meto a la lavadora. Me lavo las manos. Me lavo la cara. Saco todo de las bolsas y de los empaques. Me lavo las manos. Cuando termino me doy cuenta de que olvidé comprar los huevos.

Martes 24 de Marzo

8 am. Ya todos los días son iguales y me cuesta establecer la diferencia entre un día y otro. Pero hoy haré algo diferente. Voy a hacer ejercicio. Lo odio pero creo que todavía nos quedan algunas semanas de encierro y me hace falta moverme un poco.

3 pm. Me pongo un workout de 10 minutos para probar. Son solo diez minutos, más diez de enfriamiento.

3.30 pm. Bueno. El ejercicio no salió como esperaba. El niño se puso a llorar pidiéndome que lo cargara. Mi esposo, muy comprometido con que me ponga en forma, lo sacó del salón. A los 30 segundos vino la grande a pedirme que le pusiera YouTube. “No seas pesada, deja a tu madre” “Pero es que me toca ver videos” “Pues póntelos tú” “No sé la contraseña de la computadora y mamá está usando la tele” (Pausa al video de ejercicios. Ayudo a mi hija. Reanudamos). En medio de una plancha abdominal, entra el pequeño con el celular de mi esposo en las manos y decide que el mejor lugar para sentarse a ver videos es entre mis piernas. Mi esposo entra y lo sienta en el sofá. La grande entra diciendo que si puede comer helado. “Pero qué pesados que sois, hijos míos” dice el papá. Termino la rutina y cuando llego al enfriamiento mi hija ya ha regresado, vestida de deporte, porque prefiere hacer ejercicio con mami. Terminamos con un saldo de dos patadas a la cabeza de mamá.

5 pm. Acaban de suspender labores en México.

6 pm. Mis niños están jugando juntos a carcajada limpia. La semana pasada le había dicho a mi hija que esto de quedarse en casa era nuestra oportunidad de ser los superhéroes de la historia. “Ser un superhéroe no es fácil” le dije, “pero la humanidad cuenta con nosotros”. Y hoy se me vino a la cabeza que los niños, por primera vez, están siendo los que nos cuidan. A pesar de ser, en teoría, la población menos vulnerable al virus, han sido los primeros que han sacrificado su estilo de vida, su escuela, su parque, sus amigos, por mantener a salvo a sus maestros, a sus padres y a sus abuelos. Ella se quedó muy contenta con esa rayada que me inventé. Pero ahora, mientras los veo jugar pienso en lo terrible que sería que una cosa así sucediera de forma más extrema. ¿Qué habría pasado si el mundo se hubiera tomado a la ligera que los niños “no se enferman”, que la gente no se hubiera encerrado y, en una de esas, el virus hubiera mutado matando a todos menos a los niños y a unos cuantos adultos asintomáticos? Me imaginé a mi hija caminando en un desierto tipo Mad Max con su hermanito de la mano, en un mundo sin ley, lleno de niños sin rumbo ni propósito, con colonias de adultos que se esconden porque no quieren asumir la responsabilidad de todos los que se quedaron solos. Tal vez debería de escribir esa historia y no la tontería esa a la que le dediqué mis últimos meses.
¿Si les había dicho que darle vueltas a la cabeza hasta los grados de la locura era uno de mis principales defectos?

*Foto de cabecera: Cottonbro

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