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Crónica de un Coronavirus con pasta Barilla [BONUS TRACK]

Abr 7, 2020 | Crónicas

Día de marzo o abril… ¿quién sabe?

Solo Dios y Google Calendar saben qué día es, porque yo no tengo ni idea a estas alturas. Lunes, jueves, domingo. Es exactamente igual. Le estoy agarrando gusto a esto de estar siempre en casa, sin prisas y sin compromisos, pero me entristece la razón. Además, es muy estresante estar escuchando ambulancias todo el tiempo y estar minimizando hasta los grados de la locura los posibles riesgos de accidente. Se me ponen los pelos de punta cada vez que alguien se queja de que le duele algo. Es el peor momento del mundo para estar enfermo, para que se te rompa un diente o para acabar en urgencias por un brazo roto.

Jueves 2 de abril

Ya me he mirado el calendario y hoy es jueves. Me lo imaginaba porque ya tenía ganas de estrangular a mi hija grande con el tema de las tareas y eso suele pasar cuando estamos llegando al final de la semana. Porque esta niña está aprendiendo a multiplicar conmigo. Cuando cerraron las escuelas iban en el 1×1, que es igual a uno y eso hasta el niño que no tiene ni tres años lo sabe. Pero durante el lockdown hemos pasado ya por la tabla del 2, del 3, del 4, del 5 y del 6. He tenido que hacer que esta niña —buena, obediente, con carita de ángel, creativa y cariñosa pero con memoria de teflón— se aprenda tropecientos resultados de memoria. YO-SO-LA. Y-ME-CA-GA.
Pero no quiero que llegue a tercero de primaria sin saber multiplicar, así que me armo de paciencia para pasar mínimo dos horas al día estudiando. Y no solo matemáticas, también italiano, geometría, ciencia, inglés y muchas cosas más que yo ya me sé y no tengo ganas de repasar, pero su aprendizaje depende de mi y la responsabilidad es grande. Trato de hacer muchos “oms” antes de empezar cada lección y repetirme a mí misma “tú puedes… solo ayúdala a que pase de año”. Pero a veces puede conmigo la desesperación y me entran unas ganas descomunales de agarrarla a zapes con el estuche, como seguramente le pasa a muchas otras madres desde que cerraron las escuelas. 

Viernes 3 de Abril

Toca ir al supermercado otra vez. Me enfundo los guantes de látex, me fabrico una mascarilla casera, meto el gel antibacterial a la bolsa y salgo dispuesta a darlo todo para alimentar a mi familia.

Cuando llego me coloco con mi carrito detrás de la última persona esperando en la cola. Aquí podría decir que “la fila era larga y la tristeza profunda” pero un maestro que tuve, con mucho talento para detectar clichés, me enseñó que no hay que andar escribiendo cursilerías porque para eso es mejor no escribir nada. Así que me limitaré a decir que había mucha gente, en silencio, bajo el sol, esperando entrar. Todos íbamos solos porque la ley así lo exige, excepto una mujer que llevaba a su hija. Seguramente no tenía a nadie con quien dejarla pero me dio mucha ansiedad ver a un niño en la calle. Hace mucho que no veía ninguno. También vi una señora anciana que se quedó unos minutos observando la cola, sopesando si quedarse o volver en otro momento, mirando con ojos desamparados a los que esperaban a ver si alguien le dejaba pasar. Y pensé “cuando pase junto a mi le cedo el sitio”, pero alguien más lo hizo y se me frustró el altruismo. Entonces otras personas, también de avanzada edad y que llevaban un rato haciendo cola, se agitaron en desaprobación. El buen-ondismo suele ser un arma de dos filos.

Cuarenta minutos después logro entrar. Repaso el carrito con el gel antibacterial que han colocado en la puerta y froto también mis guantes. Empiezo mi recorrido por los anaqueles cuando me doy cuenta de que hay pasillos cerrados: ropa, juguetes, artículos para el hogar, decoración, papelería. Completamente prohibidos al público, para que pasemos el menor tiempo posible comprando. O sea que ya se dieron cuenta de que eso de “gentiles clientes, por favor, dense prisa” no funciona. Tienen que obligarnos a darnos prisa, quitándonos posibles distracciones y artículos no esenciales. Aunque el pasillo de vinos y licores sigue abierto, just saying.
Por si las dudas, meto una botella de vino tinto en el carro. La verdad es que ha sido una cuarentena bastante abstemia pero ¿qué tal que luego cierran también ese pasillo?

Mis incursiones al supermercado continúan siendo de un valor filosófico incalculable.

Sábado 4 de abril

Ayer en la noche anunciaron que el “nadie se mueva” seguirá hasta el día 13 de abril.

Dos semanas más, añadidas al mes que ya llevamos en cautiverio.

El pequeño ya está hasta la coronilla y dice que quiere ir a la escuela. No, miento, no lo “dice”. Lo que hace es esperar a que yo lo cargue y cuando está así bien cerca de mi oído grita a todo pulmón desesperado “scuola, scuola”. Y si le digo que no se puede, se acerca aún más y lanza un grito desgarrador acompañado de lágrimas y mocos que después se limpia restregándose contra mi ropa.

Los psicólogos dicen que hay que tener mucha paciencia porque los niños empezarán a mostrar cada vez más síntomas de rebeldía, ya que es su manera de responder al cambio y de adaptarse a la nueva rutina. También dicen que hay que procurar mantenerlos activos y no dejarlos demasiado tiempo frente a la televisión. Creo que tengo sentimientos encontrados hacia los psicólogos.

Después de cenar con tremendo drama de por medio del pequeño, mi hija me anuncia que su siguiente reto será “24 horas ignorando a mi hermano”. ¿Será que me dejen hacerlo a mí también?

Domingo 5 de Abril

10 am. Me propongo escribir algo en plan serio y retomar la proto historia que traía entre manos.

Primer acto. Mamá abre su computadora. Suena el teléfono. Es una llamada de México. Se cierra el telón.

Segundo acto. Mamá se prepara un té, se mete a su cuarto y abre de nuevo su computadora. Se oye un golpe seco y entra la niña llorando con la rodilla ensangrentada. Mamá corre por el botiquín de primeros auxilios.

Tercer acto. Mamá ve que papá y niños están muy entretenidos jugando así que se escabulle a la cocina con la computadora. El niño entra gritando “mamá, mamá”, la niña entra diciendo “no es cierto, mamá, empezó él”. El papá entra regañándolos “pero dejad a su madre en paz, que sois super pesados, que yo estoy aquí, llamadme a mi, llamadme a mi”.

¿Cómo se llamó la obra?
No sé, porque nadie me deja escribir la puta obra en paz. Pero eso sí, mi esposo gritando “llamadme a mí” con los brazo en alto fue poesía pura.

5 pm. Bajamos al patio. Mi esposo ha empezado un huerto para plantar patatas con la niña y ha resultado ser un buen pasatiempo en el que no participo para nada pero bajo con ellos para verlos trabajar mientras me estiro un poco. Llevo un botecito de burbujas para jugar con el pequeño. Estoy un buen rato soplando pompas de jabón al viento y él las persigue incansable, aunque por la dirección del viento se van siempre hacia la reja que divide nuestro cortile del patio de al lado.

“Corre, amore, corre que escapan. Escapan, como tu libertad”.

¿Lo dije o lo pensé?

Lunes 6 de Abril

En teoría, el decreto dice que estaremos en lockdown hasta el 13 de abril, pero Conte (el primer ministro italiano) dijo a la prensa internacional que es imposible dar un fecha precisa para levantar las medidas de emergencia. Lo cual es código para “ni se emocionen”. Me pregunto cómo será el regreso a las calles. Sé que cuando suceda será paulatino y que los negocios irán abriendo progresivamente, tal y como fueron cerrando, pero no sé cuándo podremos volver a sentarnos a comer tranquilamente en la mesa de un restaurante lleno de gente.
¿Cuándo nos volveremos a sentir cómodos en un gimnasio?
¿Quién será el primero que se atreva a organizar una fiesta infantil e invite a todos los compañeros de clase?
¿Me reembolsarán el viaje que teníamos comprado a México para este verano? ¿Lo dejarán a mi ansiedad el cancelar el viaje?
¿Cuáles serán los nuevos comportamientos sociales después de esta experiencia tan traumática?
¿Acabaremos siendo una versión pequeño burguesa de Howard Hughes?

Martes 7 de Abril

Hoy me siento así bien quien sabe como. El “mundo exterior”, “las otras personas” son como una mancha borrosa que está ahí lejos y no puedo distinguir.

Leí que Boris Johnson, el primer ministro de Gran Bretaña, está en cuidados intensivos con severos síntomas de Coronavirus. Me pongo conspirativa y me viene a la mente una teoría descabellada que parece argumento de película de esas taquilleras y super jaladísimas de los pelos:

¿Qué tal que algún grupo poderoso en plan super villano hubiera conseguido muestras genéticas de los líderes mundiales tipo Trump, Johnson y similares y hubiera diseñado un virus que específicamente para ellos fuera letal?
Los esbirros del grupo en cuestión consiguieron las muestras durante meses de robar vasos, cubiertos, servilletas o cualquier otro objeto del que se pueda extraer ADN. Entonces diseñan el virus y (como son super villanos) deciden que la mejor forma de hacerlo llegar a su objetivo final es hacerlo sumamente contagioso, y soltarlo en las ciudades más importantes para que el virus por sí solo, ayudado por la imprudencia innata del ser humano, vaya infectando al mundo entero, hasta llegar, inevitablemente al que era su objetivo principal: los políticos y figuras influyentes. En esos sujetos el virus se cobrará su deuda mortal y el mundo no podrá sospechar nada porque pues miles de personas murieron también en el ínter.

Yo sé, es un argumento Rocambolesco, no del tanto sólido pero igual lo es el de la película “Now you see me” y hasta le hicieron una segunda parte. 

Otra teoría que me ha venido a la mente es que tal vez todo esto del Coronavirus sea una conspiración fabricada desde las más altas esferas del poder para que los niños se enganchen más a la tecnología. Con una población de padres que cada día estaba más preocupada por el “screen time” y buscaba formas de desengancharse del mundo digital, ¡toma! Pandemia que los tiene demasiado preocupados como para ponerse intensos, tele trabajo, mil y un recursos gratis de donde elegir, apología momentánea del tiempo que pasan los niños frente a una pantalla. Y listo. Ya se puede proceder a la segunda etapa de dominación mundial. Porque todos habremos renunciado a nuestro papel de actores para convertirnos en espectadores. Los niños ya no soltarán sus dispositivos para nada y en unos años la hipnosis del “blue beam” nos vendrá a través del 5G.

Nada más terminar de escribir esto me ha entrado la risa.

¡Dios que ya se acabe la cuarentena para que pueda usar mi cerebro un poquito más y me deje de pendejadas!

*Foto de cabecera: Fusion Medical Animation

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